«El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual». Estamos convencidos de que para alcanzar la perfección de la caridad, a la que todo cristiano está llamado en virtud de su vocación y Bautismo, es necesaria...
a) No sólo la gracia de Dios, sin la cual nada podríamos.
b) Sino también un correspondiente empeño de nuestra parte (2Pe 1,5.10).
Este empeño, por el que buscamos que en nosotros se desarrolle la vida del espíritu, se asemeja a una lucha, a un combate, por las dificultades e intensidad que comporta. En este sentido entendemos que «la vida es permanente milicia» (Job 7,11), una milicia que, bien llevada, conduce a nuestro máximo despliegue, «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).
I) ¿CONTRA QUIÉN ES ESTE COMBATE?
Cuando hablamos de combate, entendemos que tenemos ciertos enemigos contra los que hemos de luchar. ¿Contra quien es esta nuestra lucha, y cuáles son sus armas y estrategias?
1) EL DEMONIO
El Papa Pablo VI nos ha enseñado con claridad que el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. En nuestras luchas diarias ¡jamás hay que olvidar o desestimar la injerencia del demonio! Es más, es necesario ser sobrios y velar, porque el diablo «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1Pe 5,8).
Para lograr su objetivo, cual es el apartarnos de Dios y destruirnos, el demonio se vale de la TENTACIÓN. Por la tentación el demonio busca hacer que desconfiemos de Dios, de su bondad, de que Él realmente quiere nuestro bien, incita a la desobediencia, a la rebeldía, a rechazar a Dios y sus designios. El Señor Jesús, tentado en el desierto y victorioso, nos enseña como enfrentar las tentaciones: con criterios objetivos, que son los que encontramos en la Sagrada Escritura. Él nos enseña que la tentación se rechaza de plano, que con la tentación no se dialoga, pues quien como Eva entra en el diálogo con la tentación poco a poco es envuelto en la ilusión y fantasía, y engañado termina pensando que lo que es un mal objetivo en realidad es "bueno para mí". Una vez que la tentación logra esa sustitución, la voluntad se dirige hacia el mal que ahora, en la mirada de la persona, tiene apariencia de bien.
2) EL MUNDO
Nuestra lucha es también contra el "mundo", antagónico a Dios, el ámbito personal o social del hombre sometido a la influencia y dominio del Maligno. Este mundo engloba un conjunto de anti-valores, normas y criterios opuestos al Evangelio, o que pretenden ser indiferentes a Él. Nos presenta:
a) El Poder,
b) El Tener
c) Y el Placer como criterios de acción y fuente de realización para el ser humano.
El mundo ejerce un sutil influjo en los hijos de cada época de la historia. También nosotros hemos asimilado con los años muchos de sus criterios y actuamos en la vida cotidiana de acuerdo a ellos. La conversión (Combate Espiritual) empieza justamente por un "cambio de mentalidad", por una metanoia, es decir, por el decidido empeño de despojarse de los "criterios del mundo" y asimilar los "criterios del Evangelio" para vivir de acuerdo a ellos. Esta lucha diaria implica educarnos en una constante actitud crítica: ¡debemos aprender a juzgarlo todo desde el Evangelio!
- Cabe decir que este "mundo" así entendido es algo diferente del "mundo" cuando con esa palabra se designa en la Sagrada Escritura la creación, o más específicamente la humanidad. En este caso el término tiene un sentido positivo.
3) EL HOMBRE VIEJO (El hombre carnal) (I Sam 8, 4-9)
Es el que ha conocido a Dios, pero no lo tiene como centro de su vida, en el fondo de su corazón lo rechaza. Es aquel que día tras pospone la conversión, el encuentro con Dios, y se consuela a sí detrás de vanas excusas.
Es la persona de la Dicotomía o Lucha interior: ¿No experimentamos muchas veces en nosotros una fuerte división? Digo que le creo al Señor, que quiero hacer lo que Él me dice, me entusiasma el ideal de la santidad, pero ¡con cuántos de mis actos niego mis anhelos, niego al Señor! También San Pablo, un gran santo y apóstol, experimentaba en sí esta división y conflicto interior: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Rom 7,15).
- Mt 21, 28-32 (Parábola de los dos hijos, especialmente el primero)
- Mt 21, 33-42 (Parábola de los viñadores homicidas)
- Mt 22, 1-14 (Parábola de Banquete nupcial)
¿Entonces, cuales son las obras o frutos del hombre carnal? (Gal 5,19)
Podemos definirlas como las obras o frutos de la esclavitud, Es decir:
a) libertinaje sexual (fornicación): Con el pecado original la sexualidad fue desvirtuada, desde entonces estamos inmersos:
- En una guerra de sexos (hombre y mujer) y de sexo (el acto sexual propiamente dicho)
- Inmersos en una guerra de poder, de manipulación (la lucha constante en los matrimonios ¿quién es el que puede más?),
- Se ha reducido el amor a un simple gusto o compatibilidad carnal
- El libertinaje me lleva a hacer con mi cuerpo lo que quiera, todo por el placer, la virginidad es vista como algo sin sentido ni valor.
b) Impurezas y Desvergüenzas: Se han perdido totalmente los valores, el pudor no existe, ni la responsabilidad, el adulterio es una moda competitiva (quién es mas adúltero).
c) Culto a los Ídolos y Hechicería. (Ex 32): El hombre se fabrica su propio Dios y tantas veces él es ese Dios; gasta fortunas en conseguir la felicidad (Luc. 15, parábola del hijo pródigo)
d) Odios, Ira y Violencias. Su alma es una cueva de víboras, está lleno del mal, lo maquina constantemente, y busca como hacer daño al justo (Salmo 10). Ej: la violencia que vivimos en nuestra sociedad, la ola de agresiones y asesinatos constantes que se dan en los matrimonios, en las familias.
e) Celos (homicidios), furores, ambiciones, divisiones, sectarismo y envidias. Quiero hacer hincapié en el Sectarismo, Tendencia a desvirtuar la verdadera imagen e intención de Dios, manipulando el nombre de Dios a mi conveniencia. Tantos falsos profetas que se predican a si mismos y se hacen llamar dioses y la gente necesitada de una luz les siguen encontrando solo la ruina total.
f) Borracheras, Orgías y Cosas Semejantes. Tendencias que están unidas al libertinaje, es decir: mal uso de la libertad que Dios me da, darle todo el placer que mi cuerpo me pide, no importa como sea ni con quien sea, otros ejemplos: Homosexualidad, bestialismo, travestismo, boyerismo, sadomasoquismo, escatología telefónica (llamadas eróticas) etc.
g) Mis caprichos y la ley del gusto-disgusto que prima tantas veces en mí como criterio de elección.
Todos estos son elementos que forman parte de esta compleja realidad personal que llamamos "hombre viejo". Se trata del pecado «que habita en mí» (Rom 7,17), y que en mí ha dejado sus secuelas.
Es este un enemigo que llevo dentro de mí, que continuamente ofrece batalla y resistencia. En esta lucha se trata de alcanzar, por medio de un trabajo ascético y en apertura a la gracia divina, un auto-dominio que nos permita reordenar nuestro interior y orientar todas nuestras energías y potencias al propio despliegue en el cumplimiento del Plan divino. El ejercicio de los silencios es un medio excelente para crecer día a día en este auto-dominio o maestría de mi persona.
Vale la pena anotar que la presencia del "hombre viejo" en nosotros no nos hace malos. Por la reconciliación en el Señor Jesús hemos superado la ruptura que introdujo el pecado original en nuestras vidas, reconciliación que la Iglesia nos ofrece desde nuestro Bautismo y que nos hace "hombres nuevos". Sucede, más bien, que son las consecuencias del pecado las que nos aquejan y se traducen en esa inclinación al egoísmo y al mal que está detrás del "hombre viejo". Se trata de una distorsión en nosotros, que somos buenos.
II) LA NECESIDAD DE CUSTODIAR NUESTRA VIDA ESPIRITUAL
En esta lucha no es posible triunfar si no se atiende debidamente la propia vida espiritual. El nuestro es un combate espiritual, por ello nuestras armas son espirituales: ¡son las «armas de la luz» (Rom 13,12), de las que hay que revestirnos!, estas son:
a) Los momentos fuertes de ORACIÓN, o ejercicio continúo de estar ante la presencia de Dios.
La perseverancia en la oración es fundamental: quien no reza, reza mal o reza poco, difícilmente se convierte. ¿No advierte el Señor que hemos de vigilar y rezar para no caer en tentación? La oración perseverante, es un medio fundamental para permanecer en comunión con el Señor, y desde esa permanencia poder desplegarnos dando fruto abundante de conversión y santidad. Fundamental es el encuentro y coloquio con el Señor en el Santísimo. Este y otros momentos fuertes de oración son indispensables, pues son momentos privilegiados de encuentro con Cristo en los que reflexionamos e internalizamos a semejanza de María la palabra de Dios y las enseñanzas de su Hijo contenidas en el Evangelio, y nos nutrimos asimismo de su fuerza para poner por obra lo que Él nos dice.
b) El nutrirnos del Señor y de su fuerza en la EUCARISTÍA.
c) El continuo recurso al PERDÓN DE DIOS y a la gracia en la CONFESIÓN SACRAMENTAL.
d) las lecturas de: La Palabra de Dios, u otras lecturas edificantes como son: el conocer el testimonio de los santos y de personas de vida cristiana destacada.
La meditación bíblica es en este sentido un instrumento privilegiado de transformación, pues al calor del Encuentro con el Señor y de la meditación de su Palabra, me confronto con Él y me pregunto: "¿Qué tiene Él que a mi me falta? ¿Qué tengo yo que me sobra?" Esta práctica me lleva a proponer un medio concreto, realizable, que me ayude a despojarme de algún vicio o pecado habitual y revestirme de una virtud que veo en el Señor. Al cumplir con esta resolución concreta estoy cooperando eficazmente con la gracia del Señor en el proceso de mi propia conversión.
e) Por tanto es necesario un planteamiento o estrategia de combate espiritual.
Que tenga consigo objetivos claros y medios concretos y realizables. Debo conocerme para saber qué pecados o vicios pecaminosos debo despojarme y de qué virtudes opuestas he de revestirme.
¿Por dónde empezar? Los maestros espirituales recomiendan plantear la estrategia de combate espiritual:
- En torno a nuestro vicio dominante. ¿Cuál es mi vicio dominante?
- Revisar los puntos de mi combate espiritual cada semana, quincena o mes, haciendo una evaluación para ajustar lo necesario y renovarme continuamente en los propósitos y medios.
- Es importante también perseverar en el diario ejercicio del “Examen de Conciencia”. También este es un importantísimo instrumento de transformación. Es muy bueno aplicar el examen de conciencia particular en el empeño de despojarme de algún vicio específico y revestirme de la virtud contraria.
Quien en esto no persevera, será como un soldado que va a la batalla sin armas, sin casco ni protección alguna. Quien no permanece vigilante y en oración, (Mt 26,41), se hace frágil y vulnerable ante la tentación. En cambio, todo lo puede quien encuentra su fuerza en el Seño (Flp 4,13). Así, pues, si queremos vencer en esta lucha, ¡procuremos crecer y madurar día a día en nuestra vida espiritual, poniendo los medios adecuados y perseverando en ellos!
III) UN COMBATE QUE DURA TODA LA VIDA
Lanzarnos con un entusiasmo inmaduro al combate lleva quizás a algunas victorias y crecimientos iniciales, pero eso no basta. La vida cristiana no es una carrera de velocidad, sino de largo aliento. El empeño por ser santos (2Pe 1,5-7), no es cuestión de un momento, sino de toda la vida.
Así, pues, hemos de aspirar a adquirir la necesaria tenacidad para ofrecer un combate duradero, pues la vida eterna se conquista por la perseverancia. Por eso hay que rezar y pedirle al Señor, pues no pierde en esta batalla el que es una y mil veces herido, sino el inconstante, el que dejándose vencer por el desaliento, la desesperanza, o el desánimo, deja de luchar. Como decía Fray Luis de Granada, «no se llama vencido el que fue muchas veces herido, sino el que siendo herido, perdió las armas y el corazón». Triunfará quien, aunque mil veces herido, siempre se levanta, como aquellos muñequitos que se llaman "porfiados": por más que se los tumbe, tercos y porfiados vuelven a ponerse nuevamente de pie. Recordemos también en este sentido aquella máxima que nos invita a la humildad y paciencia en la lucha: Santo no es aquél que nunca cae, sino el que siempre se levanta.
CITAS PARA MEDITAR
- Estamos llamados a combatir el buen combate de la fe: 1Tim 6,12.
- Nuestra lucha es contra el demonio y los espíritus malignos: Ef 6,12. Hay que estar atentos, pues el demonio ronda buscando a quien devorar: 1Pe 5,8; Hay que estar vigilantes y en oración, para no caer en sus seducciones: Mt 26,41; El Señor nos enseña como vencer la tentación: Mt 4,1-11; El demonio huye de quien le resiste: Stgo 4,7; No debemos temerle al demonio, pues Dios es más fuerte: Rom 16,20.
- Nuestra lucha es contra el mundo y sus criterios: Rom 12,2. El Señor invita a "cambiar de mentalidad" haciendo propios los criterios evangélicos: Mc 1,15.
- Nuestra lucha es contra el hombre viejo y sus obras: Ef 4,20-24; Col 3,9-10. ¿De qué hay que despojarnos? Col 3,5.8-9; ¿De qué hay que revestirnos? Col 3,12-14.
- En Cristo, la victoria es ya nuestra: Jn 16,33; 1Cor 15,57. Triunfa quien persevera: Mt 24,13.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
1) El combate espiritual consiste en cooperar con la gracia desde nuestra libertad. ¿Cuánto te estás esforzando por luchar contra tu pecado personal?
2) ¿Has elaborado un plan de vida que te permita trabajar sistemática y metódicamente en todo aquello que sea obstáculo para que cumplas el Plan de Dios?
3) ¿Normalmente sueles cumplir con el plan de vida y los medios concretos que te propones en tu combate espiritual? ¿Qué podrías hacer para cumplirlos mejor?
4) ¿Evalúas constantemente tus avances en tu lucha personal? ¿Replanteas los medios que te permitan luchar más eficazmente contra tu hombre viejo?
«El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa)». ¿Qué tan "confiado" eres?
DENIS DANIEL FELIZ DE LA CRUZ PBRO.



